LA INVARIANTE MORAL DEL ORDEN POLÍTICO

Conferencia pronunciada el 29 de abril de 1982 en el Club Siglo XXI de Madrid

 

El Papa Juan Pablo II, hablando en los comienzos de este año a los Obispos de Milán y la Lombardía acerca del fomento de la cultura católica, afirmó: "Ninguna experiencia política, ninguna democracia puede sobrevivir si menosprecia la moralidad común de base... Ninguna ley escrita garantiza suficientemente la convivencia humana si no extrae su fuerza intima de ese fundamento moral" (1).

Parece uno de esos postulados que suscribiría todo el mundo.

Pero hay quienes sostienen que es imposible ese fundamento moral común. En septiembre de 1981 hubo en la Universidad de Comillas de Madrid un Simposio sobre la enseñanza de la Etica en BUP y F(ormación) P(rofesional). Segun una información de Prensa (2), "la mayoría de los ponentes coinciden en poner en tela de juicio el proyecto de ofrecer un código moral que estuviera racionalmente fundado". En consecuencia, una profesora afirmó que en una sociedad pluralista sólo es posible un "relativismo moral del sujeto". según ella, "la determinación de principios éticos universales ni es posible ni sirve gran cosa".

Es una afirmación muy decidida. ¡Estamos, acaso, ante la contradicción de dos "evidencias"! ¿Es posible, o no, una invariante moral en la vida humana y en el orden político?

No voy a hablar desde el nivel de mis oyentes, que no necesitan de mis palabras. Prefiero insertarme en la trayectoria de los agnósticos. Y para pensar honradamente, y tratar de entendernos con los que disienten, necesito yo empezar recordando, pasito a paso, algunos puntos de referencia. Lo necesito yo; aunque por ello la exposición pueda resentirse de un tono pedagógico: molestia que ustedes no se merecen. Les ruego que me disculpen.

 


 

I

 

1. La invariante moral, como exigencia de la dignidad y libertad de la persona. La pretensión del permisivismo

 

a) El hombre es persona por su relación al orden moral. No lo sería si sólo fuese un eslabón de la especie, o un epifenómeno del funcionamiento (azar‑necesidad) de la Naturaleza. Lo es si tiene destino propio. El orden moral supone la supremacía de la persona sobre los mecanismos, procesos, leyes..., en los que está inserta: su capacidad de orientar libremente su vida hacia valores y fines superiores. La libertad se realiza en esa ordenación u obediencia esencial. La superioridad de los valores y los fines implica, por tanto, la necesidad de elegir según direcciones adecuadas (el deber y la norma). Pensadores ateos recientes han vuelto a mostrar que una libertad sin normas presupone la negación de los valores, pues una "libertad pura" ‑valiosa solamente por sí misma ‑ no tiene sentido en nosotros: sólo seria posible si fuésemos Dios, y no lo somos. (Lo cual recuerda de paso que la afirmación de la persona equivale a la afirmación de Dios) (3). La libertad sin orden moral es negación de si misma, es la peor esclavitud: es estar condenado a crearse "valores" cuya inconsistencia y falta de valor uno mismo conoce; es estar condenados a intentar construir algo con materiales que se nos disuelven en las manos; a que ningún movimiento lleve a ninguna meta.

La trascendencia de los valores y los fines ‑que es la que asegura la afirmación de la persona‑ confiere a las normas un carácter de universalidad. Por lo mismo hace que las multiformes voliciones o elecciones del vivir de cada uno hayan de referirse a unas invariantes. Si; la vida es movimiento continuo; pero incluso un sistema de relatividad de las coordenadas espaciales y temporales, como el de Einstein, se apoya en una invariante (4).

(Permítanme un inciso. Como la mención de la invariante o lo absoluto provoca a veces extrañas alergias, no estará demás recordar su verdadera significación. La invariante de Einstein afecta precisamente al movimiento (de la luz); no paraliza ese movimiento. Las invariantes del orden moral nada tienen que ver con lo que algunos ven de tenebroso en vocablos como "rigidez", "fanatismo", "intolerancia". Si tiene que ver con la fidelidad. La invariante no es lo "abstracto", antivital. Es lo más concreto y lo más conforme con la realidad del hombre. ¿Acaso sólo es vital la desintegración? ¿No es mes vida la integración de los bienes parciales en el Bien total? En un jardín puede haber normas convencionales limitadoras de la expansión vital de las plantas, como la de recortarlas según formas geométricas. ¿Pero no hay también condiciones esenciales para la vida de las plantas (tierra abonada, aire, sol, agua, y hasta la poda oportuna)l La invariante moral no es un bloque inmutable puesto al lado de la corriente de las mutaciones. No es sólo el cauce; es también el sentido y la fuerza interior de la corriente. La cuestión moral no es si hay variaciones. La cuestión moral es si las variaciones son la aplicación, el ejercicio ¿no la excepción!) del principio inmutable. Este, precisamente por Serlo y para seguir siéndolo, exige a veces las variaciones; es la invariante la que las legitima. El secreto a voces de la Moral auténtica está. en evitar, tanto el fijismo como el oportunismo. Evita el fijismo un espíritu sinceramente orientado por la invariante moral que se plasma flexiblemente en cada situación. Evita el oportunismo el que practica las variaciones como reclamadas por la misma norma invariante, y no por arbitrarias conveniencias subjetivas. Ejemplo: El principio inmutable de que los bienes de la tierra son para los hombres, como personas, admite variadas aplicaciones en la organización de la propiedad y el usufructo. El principio inmutable del amor de los padres a sus hijos, que obliga siempre a querer el bien de estos: l) por un lado exige variaciones (unas veces se hace bien a los hijos accediendo complacientemente a lo que piden; otras, negándolo, incluso con dureza); 2) mas, en medio de esas variaciones, exige algo que es siempre /o mismo, y que aparece con toda nitidez en las formulaciones negativas del deber, por ejemplo, no quitarles la vida.

Antes de terminar este largo paréntesis, permítanme aún señalar la posición contradictoria de algunos, que hablan a la ligera de la relatividad total de las normas morales: ¿cómo pueden dudar de que hay invariantes en los deberes aquellos que están siempre gritando la más puntillosa igualdad en los derechos?)

* * *

 

Sin duda, si hay invariante moral en la vida humana, el hombre la lleva consigo también en su dimensión política.

Ahora deseo hablar de la invariante moral propia del Orden Político como tal, es decir, la que cualifica aquellas decisiones de las que nacen las leyes, los actos de gobierno y del poder coercitivo y las sentencias judiciales; y la que cualifica a los sujetos ‑quienes quiera que sean‑ de tales decisiones. Por descontado, este círculo de decisiones no abarca directamente todo el campo de la vida y de la moralidad humana, ni siquiera lo más importante de ella. Pero sus radiaciones influyen en todo el campo. Y en el ámbito de su jurisdicción y responsabilidad tiene su moralidad específica.

Si esta moralidad especifica comporta invariantes, ello significa que los que toman las decisiones del orden político (desde los electores hasta los gobernantes) podrán seguir como criterio inmediato las distintas expresiones de la voluntad de los ciudadanos; mas, en última instancia, se reconocen subordinados a ciertos fines y normas que son superiores a la voluntad de cada uno, a los pactos de muchos, y hasta a un pensamiento generalizado o casi unánime de la sociedad; y si en algún momento estas expresiones de la voluntad humana se apartaran de aquellos fines, la conciencia se sentiría obligada a imitar a los Apóstoles: "es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres" (5). La invariante moral del orden político acoge, según lo apuntado, innúmeras variaciones (preferencias mayoritarias cambiantes, transacciones, etc.). Pero es una invariante. Es más que un límite pactado, donde se tocan las ondas expansivas de centros puramente subjetivos, iguales entre si. Es un foco superior, acatado como tal por el responsable de las decisiones políticas. Es una invariante que determina estas decisiones de modo muy concreto.

* * *

 

Lo concreto: este es el problema. Hay que reconocer una dificultad peculiar en fijar la invariante de unas decisiones que, por su naturaleza, siendo para todos, han de respetar también como valor moral la libertad de todos.

(Por desgracia, las desorientaciones de ahora provienen en gran parte, más que de esa dificultad peculiar del orden político, de una inseguridad radical respecto a toda la moralidad humana.)

En todo caso son muchos los que reconocen fácilmente la necesidad para la Política de una inspiración moral o ética (significan lo mismo la palabra latina y la griega). Pero, apelando a las "distintas concepciones" de la Moral, rehuyen toda invariante determinada. Lo "invariante", en el ámbito personal, se reduce a una estéril "sinceridad" o a un incoherente "imperativo categórico subjetivo"; en el ámbito social desaparece como valor absoluto, y tiende a ser la mera organización de las coexistencia de las subjetividades autónomas.

 

b) Por eso, en el mundo crece la tendencia a ordenar la sociedad política según la utopía del permisivismo. Que en unos es connatural aplicación de un pensamiento agnóstico o negador de la Moral. En otros quiere ser sólo un método para lograr la coexistencia pacifica de los discrepantes. La acción política, según todos, se limitaría a tutelar las libertades, prescindiendo de su relación a la Verdad y al Bien Moral (cuya apreciación deja íntegramente a los individuos y grupos sociales) y cuidando únicamente de evitar las colisiones violentas. Para ello, los limites del permisivismo no se fijan por relación a un valor moral trascendente, sino por relación a ondulantes «estados de opinión". Difícilmente se puede hablar de Bien Común, como misión positiva de la sociedad (que incluye la participación libre de sus miembros,más no es la simple negación de los mismos); y menos, de invariante moral. La "Moral" se reduce a su más superficial significación etimológica, de opinión vigente, costumbres extendidas...

 

c) Pero la cuestión sigue abierta; y cuanto más se acentúe la importancia del fenómeno de la pluralidad ideológica, más punzante, ¿Es legítima ‑o sencillamente factible‑ sin referencia a un absoluto moral la convivencia de los opinantes diversos? Mejor: ¿es factible aquella "unidad social" sin la que la sociedad sería incapaz de producir el bien humano para el que existe?

Parece, por experiencia, que el Permisivismo lleva a una dejación de funciones de la autoridad, con daño para muchos. Parece que incurre en permanentes contradicciones: forzando a unos a sufrir sin razón moral la imposición de opiniones de otros, que no comparten; suplantando el Absoluto moral con absolutos convencionales. ¿Se comprueba, pues, que un orden político para bien del hombre  es imposible sin la invariante moral?

 

d) Al comienzo de esta charla he citado dos respuestas recientes, opuestas entre sí. Es imposible: decía el Papa. Al contrario, imposible es la invariante moral: decían muchos de los participantes en el Simposio de Comillas. La profesora que proclamaba la imposibilidad y la inutilidad de principios éticos universales, argumentaba con este ejemplo: "pues del principio "No matarás" se pueden derivar consecuencias tan contradictorias como la oposición a la pena de muerte o la oposición al aborto".

 

2. Lo que revela el ejemplo del abortismo

 

Este texto ‑tanto si es literalmente de la profesora como del informador‑ es revelación de un estado mental bien curioso. Quiero prescindir de comentar la incongruencia dialéctica que hay en llamar contradictorias a dos exigencias totalmente coincidentes (la de no matar al adulto y no matar al no nacido). Lo que resulta claro, a través de esa incongruencia, es que a la profesora o al informador le parece ética la exigencia de respeto a unas vidas, y no la del respeto a otras.

El ejemplo que se aduce ‑el aborto‑ es oportunísimo. Vamos a aprovecharlo, no para tratar de frente el asunto, sino como ejemplo ‑quizá el más revelador‑ que nos permite analizar brevemente una situación mental contemporánea y la estructura de todo el orden moral. Y, sobre todo, nos permite proceder de forma inductiva. Porque la réplica más frecuente ahora, cuando se toca un tema moral, es esta: eso lo dice usted desde su concepción, pero la mía... No. No voy a hablar deductivamente desde una concepción determinada del orden moral. Evidentemente, por su índole práctica, lo moral sólo puede vivirse desde una concepción determinada; pero para mostrar la necesidad de una concepción determinada, no hace falta partir de una concepción determinada. Para empezar, será mejor insertarnos en la hipótesis del pluralismo indeterminado, y desde una opinión cualquiera caminar sin imponerle a priori nada exterior a ella misma; exigiéndole una sola condición ineludible; que no se contradiga, que no juegue con trampas.

Tomemos, pues, la opinión que legitima el aborto: que ahora en muchas partes pugna por por adquirir vigencia social; que conforma ya un número creciente de legislaciones en el mundo; que pretende justificarse, no sólo por razones de tolerancia política de un mal, sino como un derecho, y, por tanto, no se contenta con leyes permisivas sino que reclama la cooperación social. Es un hecho espectacular. No interesa ahora atender a las diferencias entre los opinantes ‑en cuanto a los motivos justificantes, en cuanto a la amplitud y las limitaciones de la autorización legal. El núcleo central de ese hecho es clarísimo: para servir a determinados intereses de los adultos, se postula el derecho a disponer de la vida de una criatura humana incipiente, inocente, indefensa, confiada al cobijo insustituíble de quien la mata o deja matar.

No será inútil sacar a la luz los caracteres que configuran ese hecho, y ponerlos en fila esquemáticamente:

a) El eclipse de una intuición básica: que la sociedad, para no ser criminal, ha de defender a los más débiles e inocentes, aunque para ello hayan de sacrificarse muchos. Frente a ese eclipse recientemente el Magisterio de la Iglesia, en todo el mundo y de manera absolutamente unánime, ha reiterado que el aborto procurado es un "crimen abominable" (palabras de la Constitución "Gaudium et spes"); es con palabras de Juan Pablo II (6) "asesinato de una criatura inocente, y toda legislación favorable..., gravísima ofensa a los derechos primarios del hombre y al mandamiento divino de "No matarás"~.

(Siendo así, cabe anticipar una pregunta, que, proyectada sobre los criterios políticos vigentes en tantas partes del mundo, es bien inquietante: un orden político en que, por ejemplo, se tenga por normal hacer propaganda de eso, o que obligue a un Jefe de Estado a sancionar eso, ¿no estará, no sólo moralmente débil, sino moralmente corrompido?)

b) Pero no olvido que no he de juzgar todavía desde una concepción moral, sino dentro de la perspectiva de los partidarios del aborto. Pues bien, antes de juzgarlos, hay que decirles que practican una flagrante contradicción: el que justifica o permite el aborto pierde el derecho a recusar moralmente el terrorismo. Moralmente, esto es: como algo exigible ante la conciencia de los demás. El caso moral es el mismo; y si hay alguna atenuante, será, por comparación, en favor del terrorista. La imposibilidad de evitar la contradicción ¿no revela que estamos ante un absoluto moral, que no se puede dejar de afirmar incluso cuando se lo viola? Es la regla de oro de la tradición moral, recogida también en el Evangelio como fórmula «operativa» de la Ley del Amor: "No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a tí" (7).

c) El ejemplo muestra que el orden moral es indivisible. Juan Pablo II lo expresó así el 1 de octubre de 1979: "Atacar una vida que todavía no ha visto la luz en cualquier momento de su concepción es minar la totalidad del orden moral, auténtico guardián del bien humano" (7 bis). Querer justificarlo es subvertir los propios derechos; y hace dudar de que las altisonantes proclamaciones de la dignidad e inviolabilidad de la persona sean de índole moral, y no más bien cobertura de intereses egoístas: pues el no nacido, cuando no lo cubre el instinto amoroso, sólo está protegido si se estima su condición radical de persona; todavía no ha creado en torno intereses, ni afectivos ni económicos.

d) Se ve muy bien que el absoluto moral no es una vaguedad polivalente. Es concretísimo (se trata siempre de matar o no matar a una criatura individual) (8). Por eso, para la bondad moral no basta cualquier «buena voluntad" o «buena intención», si no busca el bien real y determinado, suprasubjetivo. No basta la veleidad de quien afirma "yo no quiero mal a nadie", pero reservándose plenamente la determinación de lo que se ha de hacer. Como si el "amor" nos independizase de las directrices, los preceptos, las direcciones marcadas. Bien claro está en la Carta de San Pablo a los Romanos que el que ama al prójimo ha cumplido la Ley: ¡pero no por anulación sino por cumplimiento de todos los mandatos del Decálogo! (9).

e) Aparece por lo mismo el error, frecuentísimo, de los que dicen que la universalidad de la norma se afirma a costa de !a persona concreta. ¡Es esa universalidad la tutela de la persona!: la que impide que una persona sea degradada a instrumento de otras. Quedan descalificados los falsos juegos de lo "existencial".

Es la evidencia expresada por Kant, según el cual la libertad de cada uno se revela precisamente en la ley moral que se impone por si misma de modo incondicional, y de la que es ley fundamental esta: "Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal" (10). (Pretender que la ley no sea universal, pero que proteja al interesado, es parasitismo) (11).

f) Lo característico, en la situación reflejada por el ejemplo, no es el hecho de las violaciones de la integridad de los no nacidos. En mayor o menor número las ha habido siempre. Pero ahora se busca el aprecio social, el prestigio, para ellas. Los que vemos la desfachatez con que se montan campañas de exaltación de los abortistas, evocamos el tremendo dictamen de San Pablo, quien después de pintar el cuadro de las depravaciones de su tiempo, añade: "Y no sólo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen" (Rom. 1, 29‑32).

g) El modo como se aboga por el aborto es síntoma de anemia moral. Aunque a veces los propagandistas y los gobernantes se excusan (en este como en otros casos de permisivismo) apelando a casos‑límite o a la liberación de situaciones angustiosas, de hecho se crean situaciones que favorecen y estimulan las formas menos confesables de egoísmo. Las campañas pro aborto invocan la mera emancipación irresponsable. (No hace mucho leimos el testimonio de una pareja joven, enamorada, «feliz" y sin problemas, que obtuvo de los servicios estatales de Lyon la reducción de su primer hijo a una masa sanguinolenta, ¡sólo porque el momento en que iba a nacer perturbaba su plan de vacaciones en España!) (12).

(Hasta ahora, sólo con abrir las entrañas del abortismo, han quedado patentes: el desprecio monstruoso de los más débiles (a) la imposibilidad lógica de condenar el terrorismo (b), el socavamiento de todo el orden moral y de los propios derechos (c), la imposibilidad de ser honrado sin someterse a norma universal (d), la manipulación de las personas y el parasitismo (e), el aplauso a las depravaciones (f), el fomento del egoísmo más inconfesable (g).)

h) ¿Reacción de muchos fautores del aborto ante tal reventón de tejido canceroso? Se resisten a reconocerlo, aunque no puedan anular su evidencia. ¿Cómo?

En un primer momento, cerrando los ojos. Protestando contra el cirujano que saja el tumor. Les irrita incluso que esas cosas se planteen como cuestión moral y se relacionen con un orden moral absoluto. Hablan de exageración.

Pero tampoco aceptan ser excluidos del orden moral. ¡Y cómo evitar la contradicción sangrante! Postulando un «orden moral» que no incluya esas exigencias. (Como si dijéramos: implantando un libro de Patología que no incluya como enfermedad ni la sífilis ni el cáncer.) ¿Y cómo se realiza esa operación? La profesora, ya citada, del Simposio comillense daba una pista cuando, a falta de norma moral absoluta, abogaba por la racionalidad «intersubjetiva» o "dialógica", aunque no alcance el consenso total. Para tener socialmente una base, sin salir del subjetivismo, algunos políticos o intelectuales agnósticos acuden a un «consenso» o "apariencia de consenso" en el sentido que interese. Para sentirse seguros, basta contar, por ejemplo, con que unos cuantos órganos de opinión repitan impávidos que la humanidad civilizada ve muy mal el terrorismo, pero estima como un derecho el aborto (y sólo se oponen algunos recalcitrantes, reaccionarios o al servicio de turbios intereses); que digan que este tema no es de orden moral, sino un "opinabile politicum", y por eso el Papa y los Obispos no deben intervenir...

Excluida la referencia trascendente, se trata de una moral convencional, artificiosa; de un estado de "opinión" más o menos extendido. Y, para ensanchar la apariencia de solidez, entran en juego automáticamente: el acoso a los que siguen proclamando la evidencia de que la vida humana necesita fundamento más real (y no pudiendo acallarlos moralmente, es decir, en conciencia, se intenta amordazarlos con la bruta presión externa); el falseamiento constante, incluso del dato social, con propagandas engañosas, con representatividades ficticias.

Sin embargo, el tejido canceroso de las contradicciones y las inconsistencias no cambia por ello. Aunque se consiguiera que una gran parte de la sociedad consintiera momentáneamente en lo que se le repite, no se lograría una base moral sin contradicciones. Agrietada la base, se busca refugio en una moral parcializada: una moral que no lleva a los hombres a ser buenos según la total exigencia de la Verdad y el Bien, sino en relación con ciertas conveniencias subjetivas; una moral que es "buena" sólo en cuanto favorece a un determinado régimen convencional de convivencia. A esta Moral, y por estas razones, Santo Tomás de Aquino, con total imparcialidad técnica, la compara a la que vige en una sociedad o partida de bandoleros (13). Moral que funciona en ese acotado, pero está arbitrariamente parcializada. ¿Que sólo eso es posible? Bien; mas eso es radicalmente incapaz de fundar la comunidad del orden político a la medida de la dignidad del hombre. Los bandoleros se pondrán de acuerdo en que les es lícito para sus fines disponer de la vida y hacienda de otros hombres; pero no podrán repudiar en el orden moral que otros hombres ‑incluso miembros de la partida‑ piensen por la misma razón que les es lícito disponer de la vida y el botín de los bandoleros.

i) Lo que antecede pone al desnudo un preocupante fenómeno de ceguera. (Al defender la vida del que va a nacer ‑‑ha dicho el Papa‑‑ "defendemos las conciencias humanas... para que llamen bien al bien y mal al mal, para que vivan en la verdad") (14).

j) Y si hay ceguera en punto tan simple y evidente, relacionado con la Justicia, cabe sospechar que también se dé en otras áreas delicadísimas, tratadas con tanta despreocupación (15). Pensando en la proyección social de la ceguera, parece resonar la voz de Jesús ante los fariseos: «si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la hoya" (Mt. 15, 14).

 


 

II

 

1. Sentido moral del orden político

 

Del ejemplo que acabamos de analizar se induce una ley general: la necesidad de reafirmar, en su totalidad inescindible, el sentido mora! del régimen político.

La misión de este no se limita a garantizar el ejercicio de las libertades subjetivas sin violencia; sino que sirve positivamente a un Bien Común, el cual comprende, si, aquellas libertades, pero también los va!ores morales que orientan las libertades hacia la Verdad y el Bien (16). !Gaudium et spes, 74: ("El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección») (17).

La vinculación esencial del orden político al orden moral equivale a la doctrina de que toda autoridad o poder legitimo viene de Dios (18). «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, (Mt. 22, 21). El César de ahora ‑que tiende a ser un Absoluto‑ es la soberanía de las libertades autónomas y la regulación de su "convivencia". Habrá que conceder a ese imperativo lo que sea imprescindible para salvaguardar el bien que en ello haya; mas no anulando lo que es de Dios: lo que es condición esencial de todo bien. La doctrina católica es como sigue:

"Los ciudadanos, además de intervenir de diversos modos en la designación de los titulares de la autoridad, conforman con sus opiniones numerosas leyes y actos de gobierno. Una gran parte de las decisiones operativas en la vida pública depende de la apreciación de circunstancias concretas y pueden determinarse de acuerdo con las preferencias legitimas de los ciudadanos. . En este campo de opciones contingentes y convencionales, el que rige a la comunidad podría limitarse, hasta cierto punto, a ser árbitro de unas "reglas de juego". El gobernante decide de acuerdo con los ciudadanos y los representa."

"Pero hay valores y principios mora!es, para cuyo servicio y tutela la autoridad y la ley deben representar a Dios, por encima de las variables corrientes de opinión. El pluralismo de las opiniones sólo se justifica en el marco, y como aplicación multiforme, de unos mismos valores morales, implícitos en la Ley de Dios» (19). El gobernante tiene una responsabilidad moral propia, que no puede echar sobre el pueblo. No puede reducirse a "responder ante el pueblo". Es más que un "árbitro".

 

2. Límites de la neutralidad y la tolerancia política

 

Ciertamente, el orden político no regula directamente todos los valores. Solamente en lo que afecta al «bien común" Por eso hay un campo en que las decisiones deben ser privadas, libres, sin ingerencia del poder político, porque no competen a la jurisdicción de los gobernantes, no les toca dirigirlas (20). Y hay también un campo en que, aun dentro de la jurisdicción política, el poder ejerce la tolerancia, cuando no puede impedir algo sin causar males mayores.

Mas la no intervención y la tolerancia no pueden extenderse a todo. Se requiere una conformidad positiva del poder político con los Valores morales, la cual comporta los tres modos siguientes:

a) Nunca legislar o gobernar contra la ley moral. (No es lo mismo tolerar que promover o legitimar.)

b) Ciertos valores hay que tutelarlos jurídica y coercitivamente. El gobernante "no puede ser un árbitro indiferente a los juicios de valor. No puede limitarse a canalizar y sancionar las corrientes de opinión". Hay valores fundamentales que tiene que servir. Ha de haber "ciertas leyes que impongan obligaciones de acuerdo con el orden moral o que impidan actuaciones contrarias al mismo. Esta coerción jurídica ha de tutelar aquellos valores que afectan a la consistencia de la misma sociedad civil; ha de impedir, por tanto, el ataque social a los valores morales y religiosos; ha de proteger los derechos inalienables  de personas e instituciones" (21).

Sin duda, esto puede exigir en algún caso que el gobernante se niegue a sancionar opiniones, aunque sean mayoritarias El Magisterio universal de la Iglesia lo ha reafirmado recientemente, por ejemplo, respecto al aborto provocado. La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en su declaración de 1974, consideraba el argumento del pluralismo, que se aduce en favor de una liberalización de las leyes: si, junto a los católicos y otros ciudadanos que condenan el aborto, otros muchos lo juzgan licito, "¿por qué imponerles el seguir una opinión que no es la suya, sobre todo en paises en los cuales sean mayoría?" La Sagrada Congregación replica: "la vida de un niño prevalece sobre todas las opiniones. No se puede invocar la libertad de pensamiento para arrebatársela. La función de la ley no es la de registrar lo que se hace, sino la de ayudar a hacerlo mejor" (22). Una ley opuesta a la ley natural no seria ley.

De manera semejante la Comisión Episcopal Española para la Doctrina de la Fe, en 1974: "El pluralismo social existente no puede justificar la legalización del aborto. Los valores éticos fundamentales... nunca pueden subordinarse a ese pluralismo social.

Y el Episcopado Francés había dicho que en esa materia «el papel de la legislación no debe ser sino represivo".

c) Y allí donde no llega la coerción jurídica (el campo en que el poder político "no regula", o bien "tolera") subsiste el deber simultáneo de facilitar, favorecer positivamente los bienes mora!es extrapolíticos. Esto exige:

‑Reconocerlos, respetarlos. No atacarlos. No crear condiciones adversas: ni por «desinterés", ni por "totalitarismo político» o pretensión de configurar desde la político todo el vivir humano (tentación que se da por igual en formas pluralistas "democráticas" y en formas de poder concentrado).

‑Además, crear condiciones propicias‑ entre ellas, la de no permitir el mal sin razón suficiente, cuando ello incita al mal y lo promueve.

Dicho de otro modo: la "libertad política" es "no coacción"; pero no es "neutralidad". La libertad exterior debe favorecer a la libertad interior (la que se orienta al bien) (23). Lo más alejado de la jurisdicción civil es la vida religiosa: sin embargo, el Concilio Vaticano II, al defender la libertad frente al poder civil, no se contenta con su dimensión "negativa" o no coacción, válida para todos (los que cumplen su deber religioso y los que no); reclama la dimensión positiva de la libertad, el favorecimiento, que se refiere a los que quieren cumplir su deber religioso, no, por ejemplo, al ateísmo (24).

La realidad impone una reflexión muy grave. Y es que el Poder tiene, de hecho, y ejerce (a veces sin programa, por irradiación) medios poderosos de fomentar, estimular... Está obligado a hacerlo para el bien moral (25). El Episcopado Español ponderaba en diciembre de 1931 la supremacía del bien hacer de los gobernantes sobre las "formas" políticas: «Bajo un régimen cuya forma sea la más excelente, la legislación pude ser detestable, y, al revés, bajo un régimen de forma muy imperfecta puede darse una excelente legislación" (26). Y un escritor político acaba de decir: «La bondad o la maldad de los hombres que administran los sistemas políticos tienen más influencia en el gobierno de los pueblos que los principios formales en que aquellos se inspiran" (27).

 

3. Contradicciones de una sociedad neutra o permisiva

 

Si se esgrime el impedimento de las opiniones discrepantes para eximirse de urgir exigencias morales en el orden político, habrá que advertir que ese intento tropieza con el obstáculo mucho mayor de las contradicciones y la insinceridad de una sociedad "permisiva". Lo cual es una prueba, per oppositum, de la necesidad de una invariante moral. Hemos visto ya esa prueba condensada en el ejemplo del abortismo. Recapitulemos ahora con perspectiva total.

a) El permisivismo moral en el orden político fomenta el agnosticismo moral, por cuanto tiende a rebajar el nivel de la ley moral hacia lo "permitido legal".

b) Fomenta la renuncia, no sólo a la coacción legal, sino también a la solicitud educativa y a la estimulación de los valores morales. Propende a una organización social que se cuida sólo de los "derechos". Pero una sociedad de solos "derechos" es inviable, es suicida. Ni siquiera logra que funcionen los derechos. Tiende a proclamar "derechos" vacíos, es decir, sin señalar quien es el sujeto al que se puede exigir el "deber" correspondiente (28). Y en la vida social ‑además de los derechos exigibles por los demás hay deberes intrínsecos a cada uno de nosotros, que nadie nos puede exigir. Los hombres no pueden exigir lo que más necesitan: el amor, la dedicación a promover y facilitar el bien, la solicitud cariñosa, la comprensión, el perdón, la renuncia al propio derecho por amor a los débiles (29). Son deberes morales (exigidos por Dios), no derechos exigibles por los beneficiarios. Sin ellos la sociedad no funciona; desfallece la tensión positiva y creadora; se produce un vacío irrellenable.

c) Y he aquí las contradicciones de la sociedad permisiva:

‑Contradicción en cuanto a los valores humanos que esa sociedad dice servir. Reserva la solicitud legal, y aun la solicitud educativa, para dos únicos valores: la no violencia y la "felicidad" o satisfacción subjetiva de los ciudadanos, que no se sienten comprimidos. Pues bien, «es superfluo traer pruebas de que las sociedades permisivas... generan frecuentemente mas violencia. Y siempre producen en los ciudadanos y en el tono medio de la vida social un vacío, una desgana, nada gratificantes. Una laxa mediocridad, que es la situación a la que estamos asomándonos (30). Este vacío, esta mediocridad desganada, podríamos evocarlos con unas palabras escritas hace más de medio siglo por Don José Ortega y Gasset al tratar el fenómeno de la emancipación política y social respecto a los mandatos, el de la tendencia a una vida sin principios morales, vida de pura espontaneidad:

Piensan "que les han quitado un peso de encima... Pero la fiesta dura poco. Sin mandamientos que nos obliguen a vivir de un cierto modo, queda nuestra vida en pura disponibilidad. Esta es la horrible situación intima en que se encuentran ya las juventudes mejores del mundo. De puro sentirse libres, exentas de trabas, se sienten vacías. Una vida en disponibilidad es mayor negación de si misma que la muerte. Porque vivir... es cumplir un encargo, y en la medida en que eludamos poner a algo nuestra existencia, evacuamos nuestra vida" (31).

‑Contradicción en que no tutela los derechos. (Cuando la tutela de los derechos de los demás es precisamente el límite que el "permisivismo" impone a las libertades.) ¿Quien determina los derechos que hay que tutelar? ¿Quien los selecciona? Arbitrariedad sobre arbitrariedad. Como falta siempre el consenso unánime !porque en una sociedad a merced de opiniones, supuesta cualquier opción legal o educativa, por permisiva que sea, siempre caben opiniones y comportamientos opuestos, que según una moral permisiva son tan lícitos como los demás), de hecho el límite de los derechos tutelados lo fija un grupo: una mayoría (real o supuesta) o una minoría. Como este límite, por suposición, no se impone en virtud de criterios morales superiores, la imposición, fluctuante según convenciones o tácticas, no se justifica moralmente; y tampoco se justifica la coerción que la acompaña y que contradice al criterio de permisividad.

Esta contradicción es flagrante en quienes se empeñan en identificar la Moral con la pura «formalidad democrática»: moral sin invariantes, sin normas ni valores trascendentes. Hace muy poco un profesor de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid (32) escribía que la Moral y la Democracia se definen negativamente y por limites, no por contenidos. La Democracia es sólo el "marco institucional y legal mínimo para no devorarse" (partiendo del "homo homini lupus"). La Moral consiste en "los elementos contractuales suficientes para neutralizar la corrupción o el devoramiento". "La ética democrática es una ética minimista que... busca sus propias normas... La instancia normativa es su propia racionalidad, ejercida como dialogo, acuerdos, estipulaciones legales, y contrastada por su operatividad en la praxis social". Los jueces sancionan las infracciones, pero "la ley infringida no es un mandato, sino un acuerdo roto".

¿Acuerdo roto? ¿Y los millones que no hayan pactado tal acuerdo? La coerción que se les impone ¿no es entonces mera violencia bruta? (33). De hecho, ese tipo de «moral democrática» apunta hacia la homogeneización totalitaria: implica la concentración en manos del poder político del triple poder, el político, el económico, el de los instrumentos de difusión cultural y de los criterios de conducta.

Con una mirada al mundo se hace patente el déficit moral que hay en muchas sociedades políticas:

= por el vacío que causa el desamparo de valores, la ausencia de ejemplaridad e impulso elevador; porque se prima la Libertad como indiferencia o anomía y no la Libertad como orientación estimulante hacia el Bien; por el clima, permitido y provocado, de agresión a la institución familiar; por la corrupción de menores...

= y por la sangrante conculcación de derechos primarios: aquí y allá se considera actuación política normal abogar por la eliminación de inocentes; el respeto a la dignidad de las personas está en baja: es excesivo el nivel de difamación, injurias, calumnias, perversión, violaciones... en gran medida impunes; la protección es insuficiente (reducida con frecuencia a remedios judiciales tardíos, cuando el daño es irreparable; por eludir otros inconvenientes, se descuida el deber de prevenir y gobernar); en el ámbito de la docencia y de las distintas formas de publicidad se pisotea el derecho de las familias a ser ayudadas en la educación de los hijos. ¿Se olvida un derecho inviolable de los niños y adolescentes ‑proclamado por el Concilio Vaticano II (34)‑, el de ser, no solamente no estorbados, sino estimulados en el aprecio de los valores morales y religiosos: y que el conjunto social se reconozca condicionado esencialmente por la articulación "padres‑niños"...

‑ De lo dicho fluye una tercera contradicción, la más intolerable: que, renunciando a valores morales absolutos, se absolutiza e impone coercitivamente otro sistema de valores relativos o arbitrarios. Como sin imponer algo la sociedad se desmoronaría, en toda sociedad, en un momento dado, se impone a los discrepantes un sistema intangible de valores, aunque se presuma hipócritamente de permisivismo. La cuestión que se esconde tras tantos disimulos es sencillamente: ¿esos puntos intangible, impuestos a los discrepantes, corresponden a un Orden Moral, acatado por su verdad? (35) ¿o son dictados y convenciones arbitrarias? (36).

Si hablamos, no desde la ficción política, sino con enfoque moral (según la verdad y... con examen de conciencia), en la mayor parte del mundo la cuestión no es, por ejemplo, saber ni hay "censura previa" o no; es solamente saber a qué se aplica la censura, y cuando no está regulada in iure, quién y de qué modo la aplica.

A veces la suplantación de lo Absoluto Moral por absolutizaciones de lo Instrumental y relativo (por ejemplo, las formas de gobierno, las formas de representación...) es tan llamativa que induce a recordar la recriminación de Jesús a escribas y fariseos: "Os preocupáis (escrupulosamente) del pago de los diezmos de la menta y la ruda... y descuidáis lo principal de la Ley: la justicia, la misericordia y la lealtad"  "Bien sería hacer aquello... pero sin omitir esto" (37). Lo contrario ¿no equivale a "colar un mosquito y tragarse un camello"? (38).

 


 

III

 

Epílogo. Aplicación a la Política española

 

1.

a) Las formas de "déficit moral" que se acaban de esbozar se dan notoriamente en España. No parece fácil responder afirmativamente a las preguntas siguientes: ¿La subordinación a valores morales invariantes es clara, sin ambigüedades, como Profesión de Principios? ¿Está asegurada por los instrumentos de acción política? ¿Se cuida suficientemente en la dimensión educativa de la atmósfera social?

El intento de corrupción de adolescentes que es el llamado "Libro Rojo del Cole" (quizá el más radical de la historia) ha tenido en España el respaldo de fuerzas políticas muy señaladas. igual que las campañas de exaltación del aborto. Y la permisión del desbordamiento corrosivo contra la familia (39)...

Especialmente: ¿es adecuado el nivel de la «moralidad política" (según la significación que le hemos dado antes) en la clase de los políticos? ¿No es evidente que no pocos, entre los que hablan de "humanismo cristiano", no pasan de un humanismo arreligioso o pluralismo agnóstico? ¿Y la "aconfesionalidad jurídica" no se les vuelve a muchos "aconfesionalidad moral"?

b) Como un  ingrediente primordial de la moral política, ¿no hay que valorar las distorsiones y falseamientos del mismo sistema democrático, que a la vista están?

La oligarquía partitocrática, que invade campos ajenos y no respeta bastante el sentir del pueblo. Un propugnador del sistema de partidos ha dicho hace poco en el Aula Jovellanos: "En España la hipertrofia de partidismo político que padecemos desde la transición democrática avasalla los elementos primarios de la estructura social, entregando a los representantes políticos funciones que corresponden a los cuerpos básicos de la comunidad ciudadana... La familia se siente constantemente agredida por una minoría ácrata radicalizada" (40). La absorción, con sus efectos despóticos, puede ser muy nociva en tres sectores. 1. En el ámbito educativo, donde más del 90 por 100 !en muchas partes, casi el 100 por 100) de los padres reclaman formalmente formación católica para sus hijos: ¿los Partidos respetan debidamente ese dato social? 2. En el ámbito de la democracia !local o municipal ¿no queda trabada con la subordinación estructural a Partidos, y por tanto a centros de interés y decisión extraños? 3. En el ámbito de la aportación personal de los elegidos como representantes del pueblo: ¿Participan suficientemente? ¿No firman demasiados cheques en blanco? ¿En algunos casos no renuncian ‑no ya a preferencias (lo que es legítimo)‑ sino incluso, con más o menos vacilaciones, a la conciencia?

Pero entre las distorsiones del sistema democrático hay otra de mayor gravedad moral. Podría preguntarse si son satisfactorios los cauces de expresión y participación del pueblo; si es de nivel aceptable la fidelidad a la representación (41). Con todo, lo más preocupante es la falta de asunción de las responsabilidades. En lenguaje "político" convencional se habla de "soberanía popular". En lenguaje moral ‑el de la verdad en conciencia‑, si con ello se quiere descargar en el pueblo la verdadera titularidad de las responsabilidades, no es justo. Es evidente que la intervención del pueblo está limitadísima y supercondicionada: se reduce a decir Si o No a ofertas que predeterminan algunos, muy pocos. No discuto si esto es legitimo, o si es inevitable. (Cuáles sean las formas posibles, e incluso cuál sea en un momento dado el optimum realizable de intervención del pueblo, es cuestión sujeta a apreciaciones muy variadas, que no sería fácil enjuiciar.) Lo importante es que las responsabilidades sean asumidas conforme a la verdad, es decir, por quien realmente ejerce el poder. (Esto, si, pertenece a la invariante moral.) No basta decir que los puestos de gobierno están abiertos a todos (como se dice que cualquier ciudadano "puede" ser Presidente de los Estados Unidos): hay que saber qué fuerzas reales ocupan de hecho un lugar determinante, salen en la carrera con mil metros de ventaja. Por eso, cuando, por ejemplo, la abstención es muestra clara de que las ofertas no logran reflejar el sentir del pueblo, son unos pocos ‑media docena de personas‑ los responsables obligados moralmente a adaptar o renovar las ofertas. Mantenerlas, forzando al pueblo a jugar contra gusto por evitar males mayores, es un acto despótico.

 

2. El lema de este Club durante el curso actual de conferencias es: "Hacia la estabilización política."

Una estabilización saludable incluye la armonía de Pluralismo y Eje moral: la libre concurrencia de ideas e intereses plurales, y la firme vigencia (como "motor inmóvil") de los Valores absolutos. Estos deberían ser asumidos y tutelados por las agrupaciones que expresan aquellos.

Hemos visto que algunos valores han de ser defendidos por la autoridad, incluso contra una supuesta mayoría. Pero la hipótesis, aquí y ahora, es irreal. No partimos de cero. En España la adhesión de la gran mayoría a valores de inspiración cristiana es un dato histórico‑social suficientemente implantado. La autoridad que sintonice con ese dato y lo cultive positivamente hallará que su obligación ‑que es independiente de las opiniones‑ coincide con la convicción o el sentir del pueblo: las exigencias morales coincidirían fácilmente con la forma instrumental, democrática, facilitando la acción política. ¿Pero no hay demasiada desidia, cuando no complicidad, ante la siembra irresponsable de incitaciones disolventes, ante el proceso constante de erosión moral?

 

3. Y queda, finalmente, una pregunta ineludible. ¿Hay un cauce político que conecte con ese núcleo mayoritario del pueblo? Es este un problema de estructura política. ¿Cuál es la instancia encargada de articular entre sí el Pluralismo y el Absoluto moral, asegurando institucionalmente la supremacía de este?

Los hechos demuestran que no basta el automatismo de las determinaciones subjetivas.

¿Se dirá que para eso está la ley constitucional establecida por la mayoría de los grupos que comparten aquel valor moral? Pero los que la hicieron reconocen que es ambigua; y su funcionamiento lo confirma, puesto que está a merced del voluntarismo de los Partidos. Veo un testimonio eminente en unas declaraciones que hace poco más de un año publicó el señor Presidente de la Comisión Constitucional, Don Emilio Attard (42). Según ellas la Constitución no es abortista. El derecho de «todos» a la vida se puso, en el articulo 15, para evitar la futura legalización de las prácticas abortivas. Los socialistas querían poner ‑en vez de "todos"‑ "personas", para no comprender a los no nacidos. Y si bien no lo lograron el portavoz de su grupo parlamentario, señor Peces Barba, al explicar su voto dijo: "Todos saben que el problema del derecho es el problema de la fuerza que está detrás del poder político y de la interpretación. Y si hay un Tribunal Constitucional y una mayoría pro‑abortista, "todos" permite una ley de aborto; y si hay un Tribunal Constitucional y una mayoría antiabortista, la "persona" impide una ley de aborto". Según este relato del Señor Attard, ¿cabe mayor ambigüedad? En todo caso, ahí están las afirmaciones programáticas y las públicas campañas pro‑aborto de Partidos legales. ¿Serían posibles si lo excluyese la Constitución? El hecho actual es que ese valor moral absoluto no está protegido por ella ni por nada. Si algún día el Tribunal Constitucional determinase unívocamente el sentido de la Constitución, ¿mejorarla realmente el estado de cosas?

¿No debería estar tutelado jurídicamente el Eje moral por una institución que esté por encima de los Partidos y del doble uso que estos, según lo anunciado, pueden hacer de la Constitución? Hay valores que no se salvaguardan sólo con actos de tribunales; requieren una acción continua, motora, educadora, preventiva. ¿Tal Institución podría ser la Corona?

La Corona se ha vaciado en gran parte. Está casi reducida a que su titular exprese buenas intenciones acerca de los valores "intangibles", pero sin poder evitar que unos y otros los toquen y los manoseen. (No me refiero solamente a los absolutos morales; también a ciertos valores históricos de España que en este momento el Jefe del Estado tiene como intocables) (42 bis). Como ciudadano y co‑autor de la instauración monárquica, puedo recordar que la Corona tenia unas facultades. ¿No se pudo, al abrir la puerta al pluralismo de los partidos, insertar!o previamente ‑con el consenso, que seria casi unánime, del pueblo‑ en un núcleo intangible, que sería el contenido institucional propio de la Corona? Lo mismo que por decisión democrática la institución monárquica es un Prius que no se permite someter a continuas consultas, ¿no pudo preguntarse oportunamente al pueblo si quería poner como condición previa a los partidos el acatamiento a ciertos valores suprapartidistas? Hay una invariante estructural ¿no debería estar al servicio de la invariante moral?

No vale ahora escudarse en el pueblo. Fueron unos pocos los que, partiendo de una posición de poder ocupado, colocaron al pueblo ante una situación, como pudieron colocarlo ante otra. En vez de poner un solar con escombros a disposición de todos los proyectistas, ¿no se pudo, manteniendo la casa en pie, hacer una reconstrucción más prudente y realista, asegurando la continuidad de lo que se estima fundamental?

* * *

El 17 de febrero de 1977, estando yo en Roma con el Papa, dirigí un saludo al Rey de España, que aquel mismo día fue a Cuenca y entró para orar en su Catedral. Es un deber moral para mi repetir ahora exactamente ‑sin escamotear oportunisticamente ningún ingrediente. las palabras centrales de aquel saludo:

"Que Dios os ilumine y fortalezca en el ejercicio de vuestra altísima misión de Rey, de acuerdo con sus exigencias propias y con los compromisos que habéis jurado ante Dios y ante los hombres".

"Es grato recordar que también a Vos corresponde la definición que nos da San Pablo de la autoridad civil, y que un Obispo y Cardenal español evocaba hace pocos años aplicándola a aquel que iba a instaurar la Monarquía en vuestra persona, vuestro glorioso predecesor Francisco Franco. Sois, en efecto, según el Apóstol, "ministro de Dios para el bien". Sabemos que os compete ser principio de unidad y animador de la concordia y la participación de todos los ciudadanos, Y para ello se os ha confiado un cometido y una responsabilidad personal intransferibles: profesar, promover  tutelar en nombre de Dios los valores que están por encima del vaivén de las opiniones, Y en cuyo servicio encuentra su legitimidad toda soberanía humana, se enraiza la dignidad de las personas y se nutre la felicidad de los hogares y de la Patria" (43).


 

NOTAS

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(1) Vid. YA, 19‑1‑1982, Pág. 25.

(2) El PAIS, 25‑9‑1981.

(3) Estoy aludiendo a conocidos pensadores «existencialistas».

(4) Menciono la tesis de Einstein como ejemplo. No juzgo de su validez.

(5) Hechos de los Apóstoles, 4, 19; 5, 29.

(6) Alocución al pueblo de Roma, el 10‑51981.

(7) Aforismo: «Quod non vis fieri tibi, alii ne facias». En forma positiva: «Cuanto quisiéreis que os hagan a vosotros los hombres. hacédselo vosotros a ellos» (San Mareo 7, 12). Ley del Amor: San Mateo 22. 40.

(7 bis) En Irlanda. El Papa ha reiterado solemnemente la misma verdad en numerosas ocasiones y en distintas partes del mundo.

(8) El Absoluto Moral, por su concreción perfectamente definible, no se confunde con ciertas aspiraciones vagas, en que el problema es su aplicabilidad al proceso de la vida real por parte de los que gobiernan; y así no esta expuesto a las objeciones que autores como F. Hayek lanzan contra la noción de «justicia social», que según ellos. por su equivocidad, encubre la injusticia.

(9) Carta a los Romanos 13, 8‑9. San Mateo 7, 21: "No todo el que dice: ¡Señor, Señor! entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.»

(10) Crítica de la razón práctica, Edición «Colección Austral» de Espasa‑Calpe, pág. 50.

(11) Ver Amor‑Deber y permisivismo, del autor, pág. 27.

(12) Reportaje publicado en YA por una periodista que pasó una jornada, como aparente candidata al aborto, en el Hospital de Lyon.

(13) Ver Summa Theologica, 1‑2, q. 92, art. 1, ad. 3. La ley es para hacer a los hombres buenos. Si la ley no tiende al bien común regulado por la justicia divina, sino sólo a lo «útil» o lo «deleitable» e incluso a lo que repugna a la justicia divina, hará a los hombres «buenos secundum quid», esto es. en orden a un determinado régimen. Y así se habla, por ejemplo, de un "buen ladrón"...

(14) Alocución citada del 10‑5‑1981.

Anotemos de paso, en relación con el amor a la verdad, el deterioro, tan extendido y alarmante, en el arte de pensar y de exponer; la excesiva dosis de incongruencia Lógica y de voluntarismo irreal en tantos escritos; la manipulación de la historia; un maximum de ignorancia e incultura en medio de un maximum de informaciones...

(16) Exposición reciente: B. Monsegú. Metafísica del orden jurídico‑moral y campo de acción de la prudencia política, en Verbo, 193‑194 (1981).

(17) Buena concreción, en el Fuero de !os Españoles de 1945, art. l. Sobre la relación de la Libertad a la Verdad y al Orden Moral. ver el discurso de Juan Pablo II en Filadelfia y Nueva York (oct. 1979).

(18) Jesús a Pilato: "No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto» (San Juan 19, 11). Ver Carta a los Romanos 13; Hechos 5, 29 (Los Apóstoles con Pedro, a las autoridades de Jerusalén): «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres"; el mismo Pedro (carta 1ª, 2,13): «Someteos a toda autoridad humana por respeto al señor». Santo Tomás: «Omnis lex, in quantum iusta est, derivatur a lege aeterna» (S. Th. 1‑2, q. 93, a. 3)

(19) Cf. León XIII. Diuturnum illud, 5‑12; Humanum genus 18, 22, 26; Immortale Dei 4‑7, 24, 31, 38; Libertas 10; Pío XI, Quas  Primas, 18; Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 74. Víd. mi La Monarquía Católica, pág. 14.

(20) Valores que el poder político no puede regular directamente son los que afectan al vivir hondo de personas y grupos: la trascendencia religiosa; la libertad interior (que se da aunque falte la exterior): las actitudes morales profundas (las que generan amor al enemigo, perdón, renuncia a derechos, fecundidad del fracaso); la creación filosófica, artística, científica, técnica, literaria; que el mandar sea «servir, (Lc. 22, 26), etc.

(21) Cf. La Monarquía Católica, págs. 15‑18.

(22) Juan Pablo II repetirá el 7‑12‑1979: La ley «no debe ser simple denotación de lo que acontece, sino modelo y estimulo para lo que se debe hacer".

(23) La libertad profunda se da aunque falte la libertad civil. Condición esencial de ésta es que favorezca a aquella. Si, al revés, fomenta la perdida de la libertad interior. señal de un fallo gravísimo: entonces, bajo especie de libertad, campea la desidia y lo negativo, y aun el despotismo arbitrario.

(24) Síntesis sobre el sentido de la "libertad religiosa» según el Concilio Vaticano II, en La Monarquía Católica, págs. 31‑33.

(25) En Amor‑Deber‑Permisivismo, págs. 28‑32, hay un resumen de las exigencias morales del poder civil, tanto en el campo de las Leyes y de la acción de gobierno como en lo que se refiere a la solicitud positiva dentro del ámbito social y educativo.

(26) Carta del Episcopado Español sobre la Constitución. Continuaba diciendo: «La aceptación del primero (el régimen) no implica, por tanto, de ningún modo la conformidad, menos aún la obediencia a la segunda (la legislación) en aquello que este en oposición con la ley de Dios y de la Iglesia.»

(27) R. Serrano Súñer, De ayer y de hoy, pág. 310.

(28) Como es sabido, esto lo critica vigorosamente F. Hayek. refiriéndose a las formulaciones contemporáneas de Derechos Humanos.

(29) San Pablo (Rom. 14; 15; I Cor. 8; 10. 23‑33) enseña a los cristianos de su tiempo: los «fuertes» ‑convencidos justamente de que les es licito comer carne inmolada ante los ídolos‑ deben renunciar a su «derecho» en favor de los «débiles". esto es, si conviene para no escandalizar a los que tienen «conciencia" de que eso es ilícito.

(30) En Amor‑Deber‑Permisivismo, pág. 33. escribía: «Lo más peligroso de estos momentos en España no es que unas fuerzas políticas o culturales arrastren con ímpetu revolucionario en una dirección o en otra a los ciudadanos; si arrastraran. señal sería de que hay una corriente, y una corriente, aunque desviada, se puede canalizar. El peligro está en que nadie arrastre a nadie y que todos terminemos chapoteando en una charca inmunda.»

(31) La rebelión de las masas, Ed. «Col. A.», pág. 141.

(32) M. Benavides, El pecado original y la democracia, El PAIS, 21‑1‑1982.

(33) A. del Noce, Il problema dell'Ateismo, Bologna, II mulino, 1964, pág. 353, escribe: «Come democrazia elevata a valore... differisce dal totalitarismo nei precisi termini in cui la «perdita del sacro» differisce dall'ateismo, e soltanto in essi: perchè è  anch'essa fondata. in ultima analisi, sulla forza, come quantità di voti, né riconosce, oltre alla forza, autorità di altri valori».

(34) Gravissimum educationis, 1.

(35) Tal orden sería concebido, por quien lo acata, como «universal y objetivo», y así garantizaría en principio una armonía de las libertades por encima de lo arbitrario.

Ejemplos de absolutización de convenciones: en Amor‑Deber‑Permisivismo, págs. 35, 40‑41.

(36) El Director de RTVE afirmó el 14‑1‑1981 que los valores supremos o inviolables en el uso del medio eran: 1) la monarquía parlamentaria; 2) el Estado social democrático de derecho; 3) la unidad indisoluble de España. Añadió: "Todo lo demás es interpretable ideológicamente.» ¿Todo?

(37) San Mateo 23, 23. Cf. San Lucas 11. 42.

(38) San Mateo 23, 24.

(39) En este Club Siglo XXI, Carmen Alvear afirmó que toda la política de «izquierda» es antifamiliar; y la restante ha abandonado a la familia. Cf. YA, 29‑1‑1982.

(40) José María Javierre: YA, 4‑3‑1982, pág. 38.

Según EL PAIS, 10‑3‑1982, pág. 29, los organizadores de la Exposición «Desde el Greco hasta Goya» en Munich se quejaron de que en España «los políticos deciden más que los directores de Museo, y esto es algo inaudito. Los directores de museo tenían más competencias con Franco que ahora».

(41) El YA. del 21‑3‑1982, publica en pág. 5 esta afirmación de Emilio Romero: La Democracia ahora es "una mesa de velador de media docena de señores con cartas marcadas, mientras el pueblo está en la inopia, en la desorientación, y en el miedo".

(42) En VA. 24‑1‑1981. pág. 14.

(42 bis) El Ya del 16‑4‑1982, pág. 7, publicó esta apreciación de D. Emilio Romero: "El Rey es un símbolo... El Rey no modera ni arbitra nada. El Rey no puede disolver las Cortes por razones de interés general y superior y en servicio del Estado. El Rey no puede tener la iniciativa de una consulta general al país sobre un tema grave o trascendental. El Rey no puede hacer gobiernos de salvación nacional... El Rey es una figura maniatada...»

(43) Texto íntegro del saludo al Rey, en el Boletín Oficial del Obispado de Cuenca, 1977, págs. 51‑52.

 


 

RESUMEN DE PRENSA

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José Guerra Campos, Obispo de Cuenca, en una conferencia dada en el Club Siglo XXI bajo el titulo "La invariante mora! de! orden político" desarrolló la idea de que no es posible una comunidad de libertades sin referencia a un eje moral, examinando la tesis de los que conciben la democracia en términos de relativismo subjetivista. Y preguntó si velar por la inserción del pluralismo en aquel eje moral no debería ser el contenido propio de una institución por encima de los partidos.

 

I

 

Como introducción, el conferenciante, procediendo inductivamente desde el planteamiento que hacen los sostenedores del relativismo moral, mostró que la convivencia humana no es posible sin referencia a invariantes morales, que son las que dan cauce y sentido a la movilidad y el pluralismo de la vida. La invariante moral no equivale siempre al fijismo, pero tampoco admite el oportunismo. Es el eje de las mismas variaciones legitimas.

Hay invariantes propias del orden político. La pretensión de reducir la acción política a la simple coexistencia de libertades subjetivas, prescindiendo de su relación a la Verdad y al Bien moral, es inviable. Lleva a la contradicción. El caso del abortismo contemporáneo, por ejemplo, hace patente una situación caracterizada por los siguientes elementos. Desprecio de los más débiles. Destrucción de la universalidad de la norma y por tanto socavamiento del orden moral y de los propios derechos (con la imposibilidad lógica de condenar el terrorismo). Parasitismo de los que en un clima relativizado quieren, no obstante, asegurar su propia inviolabilidad personal. Instauración de una moral parcializada y convencional, que degenera en imposición y fomenta la emancipación egoísta y la ceguera para los valores morales.

Las sociedades permisivas favorecen el agnosticismo moral, por reducción de lo ético al mínimo legal. Descuidan la solicitud educativa. Desatienden valores que son previos y más importantes que los derechos exigibles. Aumentan la mediocridad y el vacío desganado. Son arbitrarias en la determinación de los derechos y conculcan algunos derechos primarios en el ámbito de la dignidad de las personas, en el ámbito de la familia y de la educación de los hijos. Y mientras tienden a relativizar los valores morales absolutos, se ven forzadas, para poder subsistir, a practicar la contradicción de absolutizar valores convencionales. Y como, al mismo tiempo, se concentran en manos del poder político tan copiosos resortes políticos, económicos y de difusión cultural, amenaza siempre ‑sean cualesquiera las formas de organización política, y bajo distintos disimulos‑ un peligroso totalitarismo.

 

II

 

En consecuencia el conferenciante formuló, como principio general, la necesidad de recuperar el sentido moral de la acción política, esto es, su subordinación al bien común: lo cual exige, no sólo garantizar el ejercicio de las libertades subjetivas sin violencia, sino atender a su relación con la verdad y el bien. Hay criterios para la tolerancia y la no intervención; pero hay valores que han de ser tutelados por encima de las variables corrientes de opinión, sin que les sean aplicables tales criterios.

Y aun en el campo a donde no se extiende la jurisdicción del orden político, este debe respetar y  facilitar, creando condiciones propicias, los bienes morales extrapolíticos. La libertad política es no coacción; pero no es neutralidad. La libertad exterior debe facilitar la libertad interior, que es la orientada al bien según el deber moral. De hecho, para bien o para mal, el poder político moviliza medios poderosos que ejercen gran influencia en ese campo. A veces, con independencia de los principios formales que configuran el sistema político.

 

III

 

El conferenciante concluyó haciendo aplicaciones a España.

El déficit moral que corroe el orden político en tantas partes del mundo aumenta también en España. Hasta el «humanismo cristiano», al que se refieren muchos, no pasa frecuentemente de ser un humanismo agnóstico. Ello agrava ciertas distorsiones falseadoras del mismo sistema democrático: como son, por ejemplo, la universalmente reconocida hipertrofia de la partitocracia; el insuficiente respeto y servicio a la familia y a la voluntad de los padres en materia de educación; la subordinación de la democracia municipal a intereses ideológicos extraños; la insuficiencia de los cauces para acoger toda la posible participación del pueblo. Mas, sobre todo, la injusticia de descargar en la llamada "soberanía popular" responsabilidades que realmente corresponden a muy pocos: los que desde una posición de poder ocupado colocan al pueblo ante la necesidad de decir Si o No a ofertas limitadas. La responsabilidad moral de esos pocos se agiganta cuando el fenómeno de la abstención hace patente que las ofertas no han logrado reflejar el sentir del pueblo.

Terminó con dos conclusiones.

Una saludable estabilización política requiere que el pluralismo, en la libre concurrencia de ideas y de intereses, gire en torno a un eje moral.

Parece necesaria una institución que asegure la armonía del Pluralismo y los Valores permanentes. Es evidente que los Partidos practican la ambigüedad en la interpretación de la Constitución, y de hecho quedan sin protección algunos de aquellos valores. Hay que preguntarse si ese núcleo intangible de valores no podría ser el contenido de la Corona, y si esta no ha sido imprudentemente vaciada, reduciendo a su titular a proclamar buenas intenciones. Con un contenido adecuado la invariante estructural del orden político seria instrumento eficaz al servicio de la invariante moral.