"ITE   AD   IOSEPH" (Ejemplos)
 

El Padre Gracián, confesor de Santa Tersa de Jesús, cuenta como sucedido en Montserrat el siguiente caso.
Vivía en este célebre monasterio un religiosos devotísimo del Santo Patriarca; entre las prácticas de piedad que este monje dedicaba a honra del Santo, ninguna le comunicaba mayor consuelo y fervor que considerar y contemplar su huida a Egipto en compañía de la Virgen y de su Divino Infante.
Un día, embebido en tan santas contemplaciones, llevó su acostumbrada excursión mucho más lejos de lo que solía y, al volver a su monasterio, se enredó por aquel laberinto de senderos, y se extravió, perdiendo completamente el camino y desorientándose sin tiento. Metido en aquello andurriales y asperezas a boca de noche, sin saber qué partido tomar, sobrecogiéndose de temor, considerando el peligro que corría de despeñarse en alguno de aquello espantables precipicios.
Lleno de estos tristes pensamientos, se encomendaba a Dios, pidiendo socorro por intercesión d San José, que tantos sinsabores había pasado en su viaje al destierro de Egipto, cuando se encontró con un desconocido, que conducía a una señora, montada sobre una bestia de carga y llevando en brazos a un niño pequeño.
Se juntó a los viajeros el monje y caminaron largo tiempo unidos con indecible consuelo del extraviado, porque en todo aquel tiempo tanto la señora como su conductor, conversaron de las cosas del cielo de una manera tan amena, que el religioso enternecido, sentía inflamársele el corazón en amor de los bienes eternos y desprecio de los caducos. Por fin llegaron a un sitio en que el monje reconoció la proximidad del monasterio. Entonces los desconocidos se despidieron del religioso y, al volver éste las espaldas, desaparecieron instantáneamente.
 
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Una pobre madre, bretona, había sufrido toda suerte de pruebas y tribulaciones abrumadoras. Desgraciada en sus hijos, en nada pudo ayudarse de ellos al quedar viuda. Para colmo de males una hija suya, casada muy joven, bien por imprudencias, bien por calumnias, fue presentada a los tribunales de los que salió condenada a galera perpetua. ¿Quién podrá expresar la amargura de aquella madre? ¿Quién consolará a la desolada viuda, sumida y anegada en aquel mar de penas? ¡Oh! El compasivo San José la recibirá bajo su paterno manto, enviándole una de esas almas que son instrumento de sus misericordias. Se le presentó de verdad una piadosa señora, la cual la invitó a recurrir confiada al Santo de su predilección, y en un ímpetu o arrebato de confianza le prometió sin vacilación que, para su consuelo y alivio, San José le devolvería a su hija en libertad el día de la Asunción gloriosa de la Virgen.
Para conseguir tan halagüeño resultado, hizo novena tras novena; rogó e hizo que otros rogaran. Por fin, la fiesta de la Asunción se acercaba y todos sus pasos y diligencias al parecer habían sido estériles. A pesar de todo, sin previo aviso de buen éxito, confiada solamente en la omnipotencia de Jesús, convida con arrebato a la pobre viuda a que vaya a la estación férrea para recibir a su hija, que ha de llegar en el tren, de su destierro a Egipto. La madre electrizada con las palabras de su protectora, participando de la esperanza que le comunicaban sin natural fundamento, allá se dirige.
¡Qué transporte de alegría sentiría el corazón de la viuda afligida, cuando la primera persona con quien toparon sus miradas fue su prenda suspirada, su hija querida! Abriendo sus brazos la abrazó con toda la efusión de su alma, expresando más que con palabras, con lágrimas y suspiros, el consuelo que embargaba su lengua. ¡No tenga límites nuestro amor y nuestra esperanza para con Santo tan benigno y poderoso! ¡Él sea siempre nuestro dulce amparo y refugio en todos los contratiempos y contrariedades de la vida!
 
(Extraído de "Glorias de San José" del P. Butiñá, S.J.)